The Station
El garito.
Hace casi dos meses descubrimos los amigos comparseros un local en París, en pleno boulevard del sexo, a escasos 50 metros del Moulin Rouge. Entramos por la decisión de Luisi y desde entonces ayer fue la quinta vez que acudimos como fieles parroquianos, Luis y yo, a disfrutar de la música en directo.
Nada más llegar nos saludó el gorila de 1,90x1,90 (en cada local de París al menos hay uno de estos animales). Nos volvió a acomodar el camarero discreto, contamos con los inestimables y amables comentarios de la loca bullatera, montamos el show de rigor que provoca la euforia cervecera y gozamos de la música. Ayer hizo aparición estelar otro personaje de las noches en The Station, el marinero cachondo, que saltó al escenario espontáneamente y, animado por la banda, se dejó llevar por el ritmo y se movió como aquel que está poseído por el diablo.
Varias bandas han pasado por el local, para ser más exactos hemos conocido a tres, ya que una de ellas ha actuado en tres ocasiones de las cinco que hemos visitado el garito. La primera de las bandas está constituída por una vocalista y guitarra, guitarra solista, bajo y batería. Lo que más nos gustó de esta formación fue la carisma y complicidad con el público de la cantante, que además supo versionar canciones muy bien elegidas con mucho acierto. Esa noche bastó para engancharnos al local sin saber lo que nos esperaba más adelante.
Primer grupo, "El de la mujer"
Los segundos en orden de aparición, son un grupo líderado por un vocalista que adornaba las actuaciones con solos de saxofón. A él se unía, con cierto grado de complicidad, un bajista ciertamente simpático con el que llegamos a congeniar sin más que con un intercambio continuado del signo heavy. Completaban el grupo un guitarrista correcto y un batería más que bueno.
Su número, compuesto por una gran carga de canciones de los beatles, animaba a la participación del público, en unos momentos especialmente creados por el vocalista, capaz de controlar a una espectadora totalmente saciada de alcohol (más cordialmente denominada como "la italiana" por nosotros). La faceta más llamativa de su voz era su "falsete", del que hacía alardes en unos gritos prácticamente histéricos al que se unían los nuestros.
Repetido las tres veces, no llegó a cansarnos, sobretodo cuando hicieron su aparición en el cuarteto, en sustitución de sus homólogos, un guitarra que superaba el nivel del anterior, y el batería de la primera formación. Él nos hizo vibrar (literalmente temblaba el local) con su solo en que se sucedían redobles con gritos de emoción del público, especialmente del femenino.
La tercera formación, de la que no tenemos foto (lo lamentamos profundamente), era un terceto clásico guitarrra-bajo-batería compuesto por hombres rondando los 50. Se ajustaban perfectamente a la definición de viejos rockeros, de una calidad remarcable. Sobresalía la habilidad en los solos del guitarrista, superando con sus dedos la velocidad que éramos capaces de percibir. Él mismo llevaba la carga vocal del grupo, con apoyos de sus compañeros.
Con respecto al repertorio, sorprendente, estaba plagado de canciones totalmente desconocidas para nosotros, hasta el punto de pensar que se trataba de un repertorio propio, de estilo que combinaba tan bien jazz y rock, que fué imposible diferenciar partes y mucho menos de clasificar. Varias veces preguntó a los congregados sobre su deseo de cantar, pero es seguro que se encontraban en la misma situación que nosotros.
Nos quedamos con la cercanía del público a los artistas, y con el grado de interacción máximo, casi personal, que se alcanza en una velada más que satisfactoria. El efecto euforizante era óptimo, hasta tal punto que producía como síntomas la deshinibición a la hora de cantar y el movimiento rítmico de las cabezas, las melenas, y de las piernas del público asistente. Una experiencia para recordar.
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